Odiaba salir del trabajo a esas horas. Odiaba caminar por la ciudad tan tarde. Odiaba el ruido de los malditos coches en cada esquina. En ese momento lo odiaba todo. Odiaba las parejas que pasaban de la mano y las farolas que parpadeaban. Odiaba saber que la mujer de mi vida no volvería a estar conmigo.
Es increíble cómo un día le estás diciendo a una persona que es la persona a la que amas, y al día siguiente deseas que uno de los enormes camiones más allá de la M-30 te lleve por delante. Todavía no entiendo qué pasó.
Trataba de no pensar en toda la mierda que tenía encima y centrarme en la música que sonaba desde mi móvil. Cualquier distracción me ayudaría a no pensar, pero esta vez era imposible. Cada verso y cada melodía me llevaban a ella. Y el reproductor insistía en saltar a esa canción que tanto significaba para nosotros. Nuestra canción. O eso solíamos decir.
En las paredes había decenas de carteles que anunciaban el próximo concierto de Muse, alumbrados por las pocas bombillas que aún funcionaban. Esta vez no iríamos a verles como cada vez que visitaban Madrid. Hay días en los que odias hasta tu grupo favorito. Y era uno de esos días.
Antes, cuando las cosas iban mal, hacíamos lo imposible por recordar los buenos momentos. Aquel primer beso a la salida del cine, las miradas furtivas en compañía de nuestros amigos o cómo en nuestra primera cena romántica casi sale ardiendo el mantel. Es lo que tienen las velas baratas, que muy seguras no son.
Pero ya no estábamos para velas baratas, miradas furtivas ni primeros besos. De hecho, ya no estábamos para nada. Y yo estaba cada vez más harto de la música de mis auriculares.
Al liberarme del ruido descubrí algo: pasear por la noche en una ciudad como esta te permitía ver todo de forma diferente. Menos personas de lo habitual, pero todas reales. Nadie que caminara a esas horas aparentaba algo diferente a lo que era. Nadie se escondía tras una máscara para fingir ser una persona distinta. Nadie trataba de maquillar sus defectos tras una fachada. Odiaba a quienes lo hacían y a cada momento ponían cara de imbécil. Sí, odiaba demasiado ese día.
Apenas un par de calles más abajo estaba lo que hasta ahora había sido mi casa, mi hogar, nuestro nidito de amor. Y ahora tenía que recoger mis trastos y marcharme de allí. Qué puta es la vida. ¿Por qué tenía que dejar yo la casa? ¿No podíamos llegar a algún tipo de acuerdo? Hay muchas cosas que no entiendo, y menos la justicia de este país tercermundista.
Siempre pensé que habíamos estado de acuerdo en todo y ahora, a unos pocos metros del edificio, me asaltaban miles de dudas. ¿Y si nuestra relación no era tan bonita como yo pensaba? ¿Era acaso un idiota inocente que vivía en un mundo irreal? Cuando yo mismo no quería reconocer que mi cerebro tenía razón era horrible. Y odioso, desde luego.
Caminé a través de la entrada de la propiedad, que se me antojaba más aburrida que de costumbre y más hortera aún. ¿Cómo pudo parecerme bien una decoración tan espantosa? Un par de giros a la llave y se abrió la puerta del recibidor. Cerré, inspiré hondo y decidí dar una vuelta. Pasear por mi propia casa, recorrer cada rincón antes de que me considerasen un extraño allí.
Elegimos aquel lugar al poco de empezar nuestra relación. Ella se había mudado unos meses antes, y yo había empezado a trabajar hacía poco. Quisimos vivir juntos desde el principio y con el dinero que teníamos podíamos afrontar algo así. Una fantástica decisión en ese momento, aunque ahora se tornaba de un color diferente. Ya no tomaríamos una copa por Malasaña, ni bajaríamos al Retiro ni pasaríamos las noches en las calles más oscuras y gastadas de Madrid.
Era curioso: me sorprendía una sensación diferente con cada paso. Unas veces las risas de noches eternas correteaban por las paredes. Otras me golpeaban los gritos y discusiones de no hacía mucho. Unos pasos más allá me embriagaba el olor a café de los sábados por la mañana y, a unos pocos metros, volvía a sentir el frío de una casa que llevaba ya un par de semanas deshabitada.
Ella se había marchado después de nuestra última conversación. Volvió a su ciudad y me dejó bien claro que no quería volver a verme. Que en menos de un mes volvería y quería todas mis pertenencias fuera de la casa. Y que era un capullo.
Giré la esquina de la cocina y volví a verlo. El reloj por piezas que compramos a principios de año en la tienda sueca por excelencia. Odiaba ese reloj. Odiaba el sonido de las manecillas en mitad de la noche. Odiaba todo lo que representaba. Joder, hoy estaba odiando por encima de mis posibilidades. Al final sí que tendría que leerme aquel libro de autoayuda que me recomendó mi jefe: “100 trucos para encontrar la felicidad tras un distanciamiento amoroso”. Qué imbécil, quién será él para darme lecciones de cómo afrontar una ruptura.
La disposición del pasillo me obligó a pasar por delante del baño antes de llegar al dormitorio. Eché un vistazo hacia adentro y descubrí el pato de goma que ella me regaló sobre la bañera. Parecía mirarme y pedirme que no me marchara, que siguiera hablando con él cuando el día no había ido bien. Bueno, probablemente el pato no hablara, pero en mi cabeza parecía hacerlo.
Unos pasos más y llegué a la habitación principal. Al contrario que el pato, los cuadros del dormitorio permanecían impasibles ante mi llegada. Apáticos, casi indiferentes. Supongo que estaban del lado de ella. En el centro, una cama que habíamos compartido hacía más de lo que yo creía, y que ya no volveríamos a compartir nunca más.
Desde la ventana podía verse la parte delantera de la casa, y el lugar donde normalmente estaba su coche aparcado. Habíamos decidido gastarnos una pasta en un jardín con gravilla de esos modernos, y al final ni nos gustó cómo quedaba. ¿Puede llegar a odiarse un jardín? Lo cierto es que yo nunca me quejaba. Si éramos felices, a mí me valía.
Quizás ese fue el problema, que siempre accedí a seguir sus planes. Nunca me negué a ninguna de sus ocurrencias. Siempre fui el que empezaba la conversación si nos peleábamos, siempre buscaba la forma de reconciliarnos. Incluso el día en el que casi llegamos a las manos. Bueno, casi llego yo. Ella llegó, vio y venció. Como siempre. ¡Si hasta me lanzó un tornillo suelto de la repisa!
Al menos conseguimos que la repisa no se moviese más después de aquel día.
Le eché un vistazo a los libros y cogí uno de los álbumes de fotos que guardábamos. Sí, lo sé. Es la peor idea que uno puede tener en un momento así, pero quería tener la seguridad de no dejarme nada allí dentro. Nada a nivel emocional que se me escapase.
Me senté en la cama y empecé a acariciar los bordes de las hojas, a sentir su tacto. El dicho que habla de que no se aprecia lo que tienes hasta que se pierde es tan real. Ojeé las primeras páginas, las que siempre llenábamos de fechas, mapas y pegatinas. Una especie de resumen de lo que el futuro lector podría encontrarse dentro. Así nuestros hijos podrán saber dónde estuvimos juntos.
Casi podía escucharla decir esa frase. Sentada a mi espalda, abrazándome, viendo cómo sonreíamos en una calle llena de flores. Córdoba, quizás Sevilla. Aún recuerdo al japonés que nos hizo la foto hacer la broma de llevarse nuestra cámara. Como si le hiciese falta. Maldita sea, que graciosos pueden parecer los desconocidos cuando eres feliz.
Solté aquellos recuerdos a mi lado y me tumbé sobre el colchón desnudo. Un apretado nudo me cerraba la garganta y me hacía pensar en cada segundo que no volveríamos a compartir. Cerré los ojos un momento, esperando que todo pasase y mi cabeza volviese a odiar como hacía unos pocos minutos. ¿Por qué podía odiar tantas cosas pero no a ella? Quería odiar a la mujer de mi vida. Necesitaba odiarla. Pero era imposible.
Al abrirlos de nuevo, descubrí un par de marcas en el techo de cuando decidimos colgar un espejo allí arriba. Un capricho que nos duró poco más de tres meses, hasta que, por miedo a que se cayese o por no romper las supuestas energías del feng shui, decidimos retirarlo y dejarlo en el garaje. Si ese espejo hablase… Me gusta pensar que, en un universo paralelo, ambos reflejos siguen disfrutando de la pasión que ardía en nuestra habitación casi cada día.
Quizás por eso no era capaz de odiarla. Cada momento que pasamos juntos, por fugaz que fuese, era tan intenso que superaba cualquier otra sensación. A su lado, todas las peleas y discusiones se me antojaban simples tropiezos, nada grave.
Aquella habitación me estaba hundiendo en la mierda más de lo que yo pensaba.
Pasar al salón no mejoró la situación. En el sofá todavía estaba el enorme poncho en el que nos acurrucábamos durante las noches de ‘mantitaypeli’. Creo que se lo regaló una amiga hace un tiempo, y dudo que se lo pusiese alguna vez para salir de casa. Si me acercaba, incluso podía oler todavía su perfume. Pero no lo hice, claro. No estoy tan mal de la cabeza.
Claramente, tenía que irme de allí. Pasar tanto tiempo entre esas cuatro paredes estaba consiguiendo que me volviese loco. Unos minutos antes estaba harto de esta situación y de todo lo que me rodeaba. Y poco después sentía otra vez ganas de estar junto a ella, prometiéndonos pasar toda la vida junto al otro.
Sabía que me quedaban apenas unos segundos allí, y que lo estaba alargando tanto cuanto podía. En mi cabeza resonaba aquella canción de Cohen, versionada más de cien veces. Love is not a victory march. It’s a cold and it’s a broken Hallelujah. Es curioso como una canción puede tener tantos significados. Como una historia puede tener tantos puntos de vista. Y como nosotros dos podíamos sentir de forma tan diferente.
Pero no era su culpa. A veces las cosas no salen como uno espera. A veces, sin más, la vida decide que no es el momento. Y mi momento ya había pasado. Estaba hecho un lío. A unos pasos de la salida me volví a mirar si quedaba algo de mí por allí dentro. Quería olvidarla tanto como quería tenerla a mi lado. Pero no siempre podemos elegir.
Desde luego, me sentía un completo idiota. Tantos años buscando lo mejor para los dos, y allí estaba, junto a la puerta. Terminando de recoger mis trocitos de memoria para que ella pudiese quedarse con la casa. Lo que había sido el rincón más especial para nosotros, dejaba de serlo para mí. Aquel maldito lugar seguiría siendo su santuario, pero a mí me tocaba irme.
Odiaba cerrar esa puerta sabiendo que no volvería a abrirla. Odiaba tener que caminar hasta mi nuevo piso. Odiaba el ruido de los borrachos peleando. En ese momento lo odiaba todo. Menos a ella.