El primer día de noviembre de 1657 llegaba De la Vega a la noble Villa de Madrid, a cumplir con la tarea que le habían encomendado. Lo primero que hizo fue reunirse con su informador en una de las posadas cercanas a la Plaza Mayor, donde pasaría los días siguientes.
— Sevillano —así le llamaban quienes no conocían su nombre—, siéntate aquí. Ya sabes cómo funciona esto, y ahora no puedo dejarte más que unas monedas.
La mirada de De la Vega se fijó en los pocos maravedíes que había sobre la mesa y luego en los ojos de su acompañante. Le lanzó una mirada profunda, del color del carbón, pero consciente de que ya no era el momento de rechazarlo.
Asintió sin decir ni una sola palabra, dejando que le explicasen la situación al completo. Era normal verle con la cara a medio cubrir o con algún sombrero; evitar ser reconocido en un oficio como aquel significaba poder sobrevivir unos días más.
— De verdad, no tengo más aquí. Te invito a un vino —dijo a la vez que hacía una seña al tabernero—, pero solo puedo pagarte al completo cuando estemos seguros de que encuentran su cadáver. Recuerda: actúa cuando haya poca luz, la espada que vaya al pecho e intenta que no agonice.
Se levantó de la mesa sin ni siquiera probar el licor, recogiendo las monedas con las que pagaría su estancia en Madrid. Aceptó las instrucciones y se marchó a la alcoba que alquiló para cinco días.
Cada vez que iba a Madrid se sentía más expuesto que de costumbre. El camino hasta la capital era largo, costoso y peligroso, algo que le obligaba a elegir muy bien qué contratos aceptar o no desde allí. Por suerte, había ganado fama entre los mentideros y cuando alguien tocaba a su puerta era por una razón importante.
El Sevillano era preciso en cada una de sus faenas. Casi siempre con un arma en la mano, no solía dejar a sus presas pedir justicia ni rezar a su dios para salvar el alma. A pesar de su ferocidad con la espada y su certeza con la daga, prefería mantenerse lejos del barro y no entrar en peleas callejeras. Solo se manchaba las manos si verdaderamente valía la pena.
En esta ocasión no parecía un encargo que se saliese de lo habitual. El máximo representante de una región cercana a Madrid llegaría una de esas noches a la ciudad, y a alguien no le interesaba mucho que siguiese en su posición. Había otros planes para el Condado de Montemolinos.
Alfonso López y Reina era ya mayor, anclado en viejas tradiciones y con una relación difícil con las gentes de la Corte; y quien pagaba prefería tener a su hijo Felipe en lo más alto. Bobo y sin mucha personalidad, era el sujeto perfecto para que la influencia de la capital avanzase sin piedad por el territorio.
De la Vega sabía que la importancia de su objetivo podía complicar el trabajo, pero la edad de la víctima era un factor determinante en muchos casos. No presentaría mucha batalla, solo había que encontrar el lugar y momento perfectos. Y no había nadie mejor para eso.
Pasear por las Losas de Palacio, uno de los mentideros más cercanos al Alcázar de los Austria, era una buena manera de encontrar la información adecuada para estos quehaceres. Saber a qué hora y por dónde entraría a Madrid el Conde de Montemolinos sería más difícil, así que tendría que moverse un poco más.
Era conocido que las lenguas de los tenderos de la Plaza de la Cebada eran más largas y afiladas que las de cualquier otro mercader de la ciudad, y el espadachín buscó allí lo que necesitaba. Paseaba entre los puestos agudizando el oído y tratando de pasar desapercibido, hasta dar con alguien que pareciese saberlo.
Una conversación a su espalda le llamó la atención:
— Me las llevo, que viene alguien importante y es día de fiesta —dijo una muchacha a uno de los vendedores—. ¿Sabes cuándo llega?
— ¿El conde ese? He oído que mañana, más tarde que pronto. Los caminos del sur no son muy buenos. ¿Te llevas también esta gallina?
— Sí, prepararé caldo un día de estos. No te pases con el precio que ya sabes cómo están las cosas.
— Ya sé, ya — contestó el comerciante—. Venga, te dejo la gallina a mitad, pero mañana vienes a por más.
De la Vega agachó la cabeza y se movió rápido para alejarse del lugar, con tan mala suerte de toparse con alguien con más ganas de fiesta que él. Un choque fortuito que acabó con los sacos del pueblerino por los suelos y su furia por los cielos. Un choque fortuito que le encendió los ojos y le hizo obviar los perdones del Sevillano.
El gañán, que casi doblaba en tamaño a De la Vega, se abalanzó sobre él con un movimiento acorde a su altura. Un salto del andaluz evitó el golpe y enfadó aún más a la bestia, que le buscaba a su alrededor. Seguía pidiendo disculpas y tratando de frenar el despropósito que se había montado, pero su compañero de baile no estaba por la labor de aceptarlo.
Levantó uno de los fardos de trigo con la mano derecha –y eso que no había perdido mucho grano– y trató de golpear al joven en la cabeza. Con un gesto más propio de los gatos que de los hombres, se agachó y sacó una daga de la chaquetilla, rajando el costal y terminando de esparcir todo por los suelos de Madrid.
Normalmente no salía a la calle con la ropera, pero siempre llevaba algún arma entre sus telas. La primera sangre acostumbraba a parar cualquier discusión, pero algo más grave podía hacerte terminar entre rejas. Aunque la mejor opción era evitar que el asunto fuese a mayores.
Tras escuchar el grito de ira del bruto, supo que era el momento de marcharse de allí. Un par de pasos a su espalda y una carrera por la Calle de Don Pedro, y había perdido a su perseguidor antes de llegar al Manzanares.
Tocaba refugiarse y descansar esa noche, y dejarlo todo listo para el día siguiente.
Cuando la mañana del tres de noviembre daba paso a la tarde, De la Vega comenzó su habitual rito. Limpió con mimo su espada y su daga, se cubrió el pecho con una apretada gasa que le rodeaba el torso al completo y se vendó parte de los antebrazos para sortear heridas innecesarias.
Su cuerpo era menudo y ágil, perfecto para escapar de las trifulcas con facilidad, aunque algo complicado a la hora de pertrecharse para el jaleo que le esperaba.
Se calzó unas botas de cuero por encima del pantalón, que tuvo que rellenar con telas para mejorar su firmeza; un jubón sobre la gruesa camisa y ya estaba preparado para salir. Recogió su pelo en una coleta bajo un sombrero de ala ancha, se puso unos guantes para proteger las manos y un pañuelo bajo la nariz para completar su atuendo.
Ya de camino a la Puerta de Toledo, por donde llegaría el conde, el Sevillano caminaba deprisa por los pasajes con menos iluminación. A aquellas horas el sol ya caía y poco o nada se veía sin una fuente de luz o el reflejo de la luna.
Evitó la plaza en la que había estado el día anterior y recorrió las calles de las Aguas, de Calatrava y de la Paloma hasta llegar a la salida de la ciudad. Los campos sembrados más allá de las murallas no ofrecían el mejor escondite para asaltar el carruaje en el que viajase Alfonso de Montemolinos, así que tuvo que alejarse un poco más de la ciudad.
El camino, como había oído en el mercado, no era demasiado amable con los viajeros, y se veían piezas desperdigadas a ambos lados de la calzada. Podría preparar una emboscada y hacer que se bajase a ayudar a un posible transportista accidentado, y ahí acabar con su vida.
Poco tardó en darse cuenta de que la idea era absurda: un hombre como el Conde no detendría su marcha por socorrer a nadie. Tenía que buscar otra estrategia, ser más directo.
Unos pocos pasos más adelante vio un par de árboles no muy grandes, con ramas frondosas que se adentraban en la carretera. Sin demasiado esfuerzo se encaramó a lo más alto y esperó casi una hora a que llegase su víctima.
Antes de medianoche, las luces del carruaje eran lo único que se veía en el camino, como los ojos de un búho. Mientras veía cómo se acercaba su presa, recordaba las consignas que le habían dado: las heridas, todas al torso. De la Vega ni se preguntaba el porqué de unas instrucciones tan precisas, solo se limitaría a cumplir con su contrato.
Cuando llegaron a donde se encontraba, el Sevillano saltó sobre el cochero y con una pequeña daga atravesó la piel del inocente conductor entre la clavícula y el cuello, seccionando cada vena de su garganta. La sangre comenzó a salir a borbotones oscuros, tratando el muchacho de frenar la hemorragia mientras se ahogaba.
Asustado, el Conde de Montemolinos trató de huir del vehículo con una torpeza pasmosa. Casi sin alterarse, De la Vega clavó la ropera en la barriga del noble mientras este pedía clemencia desde el suelo.
Un grito desesperado intentaba escapar desde lo más profundo de su estómago, lo que podía suponer un aviso a los guardias que patrullaban alrededor de la puerta. Le tapó la boca con fuerza suficiente para terminar de tumbarle, y con un par de punzadas más acabó con su vida.
El Sevillano pasó un par de días más por la ciudad de Madrid, esperando a recibir el pago acordado antes de volver a su tierra. Aprovechó las horas de más para adecentar parte de su equipo y conseguir un par de botas nuevas de su talla, alejándose de tumultos y tugurios de mala muerte que solo le traerían problemas.
Cuando su misterioso contacto pagó lo debido, puso por fin rumbo a los cuatro reinos de Andalucía. Más de una semana de viaje le esperaba y de nuevo los mismos peligros que a la ida, pero sabiendo que pronto podría volver a ser quien era.
Pararon en algunos poblados que estaban en la ruta hacia el sur, aunque obligaba al cochero a tirar un poco más de sus caballos y aprovechar algunas horas de la noche para llegar antes a su tierra. Sentía cada vez más pesados los hombros, su espalda maltrecha por el viaje y su cabeza embotada por la interminable charla del conductor. Pero también sentía la bolsa llena de oro.
Llegar a casa era la mejor sensación después de aquella incómoda travesía, y le permitía encontrar la comodidad que necesitaba. Dejó el sombrero sobre una mesa y se soltó por fin la melena. La ropa estaba sucia y su cuerpo necesitaba el baño que le había preparado su hija. Fue perdiendo el calzado y la indumentaria por la habitación, y ya solo tendría que desatar las vendas para que sus curvas se hundiesen en el agua tibia.
Incluso en su Sevilla natal se guardaba de mostrar la realidad tal como era, y solo su hija Julia conocía que el espadachín De la Vega y la artista Inés de Ayala eran la misma persona. De día, era una de las mujeres que se subía a las tablas del Corral del Coliseo en la ciudad hispalense. De noche, aunque solo algunas, un temido ratero que se ganaba la vida con el acero.
Relajada, en la pila de agua, recordó el día que se cubrió el rostro y desenvainó una espada por primera vez. No hacía tanto tiempo, aunque su mente había decidido difuminarlo entre sombras. Eso sí, había tres momentos que no olvidaría jamás: la muerte de su marido, el rapto de su hija y el placer de asesinar a su secuestrador. Y pensaba en estos tres momentos cada vez que aceptaba un contrato y afilaba la daga.
Pero ese era el momento de relajarse y volver a la comedia.
Muchos años y más de un disgusto le costaron a Inés esta doble vida, tantos que no caben en este capítulo. Un arte de hombres dominado por una mujer. Un mundo de lobos devorado por una leona.
Lo peor es que sabía cómo acabaría el cuento: era cuestión de tiempo que fuese ella quien acabase ensartada en cualquier camino. O peor aún, descubierta.