Cuadros de Navidad

La última vez que dibujó una sonrisa fue hace ya cuatro años. Le temblaba menos el pulso y se esmeraba en seguir una trazada limpia. Imagino que sería la sonrisa de mi difunta madre, esa que no consiguió recordar para siempre como le prometió.

Mi padre fechaba y firmaba sus obras cuando terminaba, así que es muy fácil ver en qué momento empezó a perder algunas facultades. Ahora lo hacemos nosotros: cada vez que deja de trabajar en un cuadro durante más de una semana, lo damos por finalizado y falsificamos su firma, junto a la fecha en que lo ha terminado. Lo colgamos en algún hueco de la casa y jugamos a imaginar qué pasaba por su cabeza.

Es triste y difícil lidiar con muchas de las responsabilidades que aparecen al cuidar de un padre en estas condiciones, pero mis hermanos y yo hemos tratado de verle el lado positivo. Si sigue pintando es porque algo recuerda o, al menos, porque su cerebro trabaja. Si cada tarde se acuerda de coger sus pinceles, sus pinturas y ponerse manos a la obra, es porque siguen funcionando cosas ahí dentro.

La verdad, los últimos cuatro años han sido más caóticos. Las figuras casi no tienen rostro, los objetos han perdido la proporción y muchos colores están fuera de lugar. A veces nos cuesta rebuscar en su memoria para encontrar explicación a lo que vemos y, al final, lanzamos las más extrañas teorías sobre cada pintura.

Mi padre pasa gran parte de la tarde en su estudio y, cuando no, está con nosotros en el salón, en el comedor o descansando al sol en el jardín. Ya casi no habla, y lo poco que dice apenas se le entiende. Para él, la mejor forma de comunicarse es la pintura. Y siempre lo ha sido.

Desde joven lo dibujaba todo, y aún conservamos papeles al carboncillo que reflejan la plaza donde vivió. Unas veces son gorriones, otras bancos de un parque. Otras veces son las muchachas que paseaban por allí, sin saber que una de ellas se convertiría en su esposa.

En cuanto la conoció, sus días y sus dibujos se llenaron de colores, de vitalidad. Varios trabajos se centran en flores, prados y escenas similares a las orillas del Sena. Fue dejando atrás los lápices grises y comenzó a usar diferentes técnicas que dotaban de realismo a sus dibujos.

Empezaron a “hablarse”, como decía ella, y pronto congeniaron y se hicieron el uno para el otro. Mi padre nos contaba cómo fueron las primeras citas junto al grupo de amigos, en las fiestas del barrio. Seguro que ya no recordaba nada, aunque sus pinturas son un excelente reflejo de lo vivido aquellos días.

Los cuadros durante esos años mostraban animales en pareja, en diferentes situaciones. Unos zorros paseando por la nieve, un par de tigres bebiendo de un río o dos golondrinas revoloteando alrededor de un balcón. Hay uno que me encanta, con dos chimpancés abrazándose en lo alto de una rama, que sigue colgado en mi habitación.

Pero hay una serie en la que nos fijamos al llegar a nuestra adolescencia. Mi padre nunca nos habló de estos cuadros, y la vergüenza nos invadía si nos veían observando las imágenes. Son tres óleos del tamaño de un libro y no se compaginan con ningún otro trabajo.

Los trazos no son exactos, más bien pasionales. Manchas de color que se mueven de un lado a otro, pero en las que se distinguen dos cuerpos desnudos. El fondo, lleno de azules y verdes, es todavía más difuso que los enamorados. Son tres cuadros preciosos, que reflejan tanto el erotismo como el amor entre ambos, y del que preferimos no preguntar.

Al poco tiempo nació mi hermano Lucas, intuyo que nueve meses después de lo que acabo de contarte, y llenó la casa de risas. Era divertido, socarrón, incluso travieso. Aun siendo el mayor, muchas veces parecía el más alocado de nosotros.

Es curioso, en casa apenas hay fotografías. La mayoría de imágenes de nuestra infancia son cuadros, y en esta época mi padre empezó a autorretratarse, junto a mi madre y a Lucas. Seguía con las personificaciones, como los tres árboles alejados de un bosque a los que dedicó mucho mimo y cariño, y que sigue presidiendo el cuarto de invitados.

Me duele pensar en que mi padre no volverá a recordar cada momento. La cara de mi madre o la sonrisa de Lucas. Quizás Dios, o cualquiera de los que esté ahí arriba, le otorgó el don de la pintura a sabiendas de que le arrebataría la memoria al final de su vida. No es más que una broma pesada, supongo.

Si seguimos con la historia de nuestra familia y la decoración de la casa, ahora me toca a mí. Bueno, a nosotros. Mi hermana Carmen y yo somos mellizos, y eso nos ha llevado a preguntarnos más de una vez cuál de los dos fue el “no deseado” que siempre toca cuando vienen dos hijos. Nuestros padres decían que no, que a ambos nos querían muchísimo, pero qué iban a decir ellos.

En aquel momento, mi padre volvió a los animales, pero dibujando escenas con manadas completas. Creo que no se complicaba demasiado con la simbología o, al menos para mí, son significados obvios. O puede que hayamos sido nosotros los que les hayamos ido confiriendo un propósito diferente a cada pintura, sin tener ninguna de ellas nada especial.

Sea como fuere, la producción se relajó unos años. Según nos contaba, en ese tiempo se dedicaba a crear para vender, pues tenían que alimentar a tres niños cada vez más comilones.

Aunque parezca extraño, fue la muerte de mi madre lo que reactivó su trabajo personal. No quería olvidarse de ella, así que la dibujaba de todas las formas posibles, aunque a solas. Parecía haber borrado lo demás de su mente, solo quedaba su esposa. La mayoría de pinturas tomaban un tono oscuro y triste, pero a veces sacaba pequeñas obras de arte llenas de luz. Creo que se obligaba a recordarla feliz, como habían sido juntos.

Como digo, ahora ya no se acuerda de eso. Ya no dibuja a mi madre, ni siquiera a nosotros o a sí mismo. Ahora se ha centrado en algo que no pensábamos que siguiese rebotando en su cerebro. Desde agosto, no ha cambiado la temática de sus lienzos.

Una tarde calurosa vimos que el cuadro en el que trabajaba se llenaba de verdes y rojos, de luces, de nieve. Por algún motivo que desconocemos, mi padre estaba pintando sobre la Navidad.

En casa, hasta que mi madre se fue, celebrábamos esas fechas con muchas ganas, llenos de ilusión y con el espíritu que nos envuelve a todos. Decorábamos la casa, montábamos un diorama con el nacimiento de Jesús y el abeto del jardín se vestía para la ocasión. Acabábamos pringados de resina al final del día, pero mamá tenía una fórmula mágica para limpiarnos: alcohol y aceite de oliva. Y funciona, oye.

Así que, durante varios años, en casa se vivía la Navidad con más ganas que muchas otras fiestas. Mi padre, un poco gruñón, terminaba por sucumbir a los deseos de mi madre, y nos ayudaba a invadir nuestro hogar de Navidad. No somos grandes seguidores del catecismo católico, pero hoy en día todavía nos gusta montar nuestro pesebre.

Pues, tal cual, mi padre comenzó a pintar escenas navideñas en verano, y no ha parado de hacerlo. Parece que, aunque su mano no es tan firme como antaño, hay algunos elementos que sigue incluyendo en sus pinturas.

Después de varias semanas sin conseguir una contestación lógica, hoy he vuelto a insistirle y preguntarle por qué lo hacía, por qué estaba obsesionado con la Navidad. Y esta vez sí me ha contestado:

– No quiero olvidar a tu madre.

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