Cuando llegan los servicios de emergencias, lo único que encuentran son dos cadáveres. Uno, a los pies de la escalera, con siete heridas de arma blanca. El otro, en el dormitorio, ahorcado.
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Jane da un par de giros a la llave y abre la puerta. Sus padres no están, llevan unas semanas en casa de la abuela, y le han ofrecido quedarse aquí y cuidar las plantas. Es mucho mejor que su piso en las afueras: la decoración de zócalos y vigas de madera la convierten en un hogar acogedor. Y Nell puede jugar con los juguetes con los que ella disfrutó de pequeña.
Pero hoy ha tenido una extraña sensación al entrar.
Antes de pasar a la cocina y poner agua a calentar, algo le ha encogido el pecho y la ha paralizado. Ha terminado por achacarlo a los nervios de los últimos meses, difíciles de superar, un infierno que vuelve a su mente con solo recordarlo.
El silbido de la tetera le sobresalta, y ni siquiera ha tenido tiempo de soltar el abrigo ni maldecir su vida, tan diferente a la de sus padres. Llena una taza con el agua caliente, deja una bolsita de melisa y valeriana y, mientras reposa, sube a ponerse cómoda y cargar el móvil, a la espera de que le avisen.
Quitarse los zapatos es uno de esos momentos que le recuerdan que está en casa, que puede relajarse y no atender a la muchedumbre que se agolpa tras la barra del Suzie’s Cafe. Se tumba en su antigua cama y cierra los ojos, mientras busca en los bolsillos del abrigo un comprimido de Prozac. Ahora que Nelly ha ido a una fiesta de cumpleaños, puede dedicar la tarde a descansar y a no pensar en nada.
No me malinterpreten, Jane ama a su hija, a pesar de que su pelo rojizo le recuerde cada día a Barnett. Pero Nell ha vivido muchas de las complicadas situaciones que han acompañado a la divorciada pareja, y tiene un comportamiento difícil en algunos casos. No es sencillo hacerse cargo de una niña así estando sola.
Recoge la infusión de la cocina mientras enciende el televisor, y pasa por un par de telenovelas antes de caer en un canal de noticias.
—Tres presos de la Penitenciaría de Marion han conseguido escapar esta madrugada de sus celdas en un importante altercado en el que ha muerto un vigilante. Dos de ellos ya han sido devueltos a la cárcel, y el último se encuentra en estado de búsqueda. Por motivos de seguridad, la policía y los agentes federales no han revelado la identidad del fugitivo.
La noticia le hiela la sangre, y sabe sin ninguna duda quién es el tercer huido. Lo sabe porque acaba de identificar la sensación extraña al entrar en casa: eran restos del olor al perfume Hunter. El que él usaba. Jane permanece sentada y sin poder levantarse, porque el miedo le ha entumecido los músculos. «Es el único capaz de usar perfume hasta para escapar de la cárcel».
Cuando oye unos pasos por la escalera, sabe que debe levantarse y correr, pero no puede. Las pisadas son tranquilas, al contrario que sus pulsaciones. Todos sus sentidos se nublan y le impiden moverse. La silueta de un hombre aparece en la puerta.
Jane ni siquiera puede apartar la vista de la pantalla, creyendo que no es más que una horrible pesadilla. Una pesadilla como la de aquel 13 de abril que se le quedaría grabado a fuego. Una pesadilla que llegó después de muchos encuentros judiciales y una orden de alejamiento que no sirvió.
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Jane acababa de echar el cierre en el trabajo, al que se llevaba a su hija por las tardes. Ambas esperaban al autobús que les llevaría hasta su piso, mientras la pequeña trata de explicar los dibujos que le enseña a su madre, sin conseguir su atención.
Ninguna de las dos se percataba de que Barnett iba subiendo la calle hacia ellas, con la vista fija. Llegó sin mediar palabra, como el empujón que mandó a Nell a más de un metro. Y luego le tocó a ella. Un primer puñetazo le abrió una herida en el pómulo, de la que la sangre empezó a brotar sin parar. Y, casi sin tiempo a reaccionar, se vio lanzada por los aires.
Buscaba a su hija con la mirada, pero solo encontraba los ojos rabiosos de Barnett. Una patada en las costillas le dejó sin respiración, y las manos del hombre le rodearon el cuello para acabar con su vida. En ese momento llegó el autobús que esperaban, y su agresor huyó por algún callejón cercano.
Ese mismo día, a unos metros del Hospital de St. James, detuvieron a Barnett y poco después lo metieron en la cárcel. Hasta esta madrugada.
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—Barney… —consigue decir, aún incapaz de mirarle, con lágrimas en los ojos.
Barnett actúa con una serenidad pasmosa, aunque su respiración es frenética. Se acerca a ella con pasos lentos, esperando una reacción. Jane no escucha más que los latidos de su corazón a toda velocidad, y apenas vuelve la vista para mirarle.
Su figura, a la entrada del salón, parece más grande de lo que nunca había sido. Su cabeza rapada le confiere un aspecto más feroz. No lleva ningún arma, pero sabe que sus manos desnudas podrían quitarle la vida.
—Escucha —Jane busca en cualquier rincón una escapatoria, o la forma de evitar que todo se vaya a la mierda—. Escúchame, por favor. Si te vas y no haces ninguna locura, no diré nada.
—Te encanta guardar secretos, ¿eh Jane? ¿Crees que nadie se entera de tus gilipolleces?
Un fuerte golpe de Barnett tira una lámpara que acaba destrozada contra una pared. Jane se levanta, asustada, pidiéndole calma. Sus pasos buscan una salida que no existe, pues la entrada se encuentra justo detrás de su maltratador.
—Estarán buscándote. Habrán ido a casa, y en algún momento vendrán aquí. Por favor, para.
—¡Que te calles, coño! ¿Dónde está la niña?
—Barnett, por favor, no está aquí. Deja de…
—¡Deja tú de joderme la vida, puta enferma!
Sus manos se lanzan hacia ella y la empujan contra una esquina. Aunque se ha hecho daño en la espalda, sabe que no puede rendirse. Ahora no. Trata de no caer al suelo mientras Barnett sale del salón, buscando algo en la cocina. Lo oye rebuscar en los cajones. Un cuchillo.
Ella intenta llegar a la entrada, pero lo encuentra apuntándole con el arma entre sus manos. Está decidido a terminar lo que intentó hace meses. Jane le implora que suelte el cuchillo, que deje todo esto y que va a llamar a la policía.
—¡Deja de gritar, coño! ¡Me estás poniendo nervioso! ¿Ves lo que me haces hacer?
La joven aprovecha ese momento para arrojar el cazo con agua caliente a la cara de Barnett. Ya no está hirviendo. Casi ni quema. Pero le molesta lo suficiente como para atacar con el cuchillo en todas direcciones, momento en el que Jane intenta escapar escaleras arriba. Tiene que llamar a la policía.
A solo tres escalones del piso superior, una mano le agarra el tobillo y cae, abriéndose una enorme brecha en la ceja que empieza a sangrar de manera descontrolada. Consigue girarse, aunque Barnett ya se ha abalanzado sobre ella, a punto de acabar con su vida. Pero no, ahora no.
Consigue lanzar una patada que hace rodar por las escaleras al malnacido. El miedo y la adrenalina le ciegan y se tira hacia él con la intención de detenerle, de terminar con todo. Y, entonces, ve el cuchillo.
Su corazón late más rápido que nunca, y su percepción del tiempo se ralentiza. Agarra el mango de madera y lo clava una y otra vez sobre el cuerpo de su agresor. Siete puñaladas repartidas entre el abdomen y el pecho. Siete puñaladas que atraviesan la piel una y otra vez, rompiendo los tejidos de un Barnett que chilla como el cerdo que es. Siete puñaladas en las que Jane descarga toda su ira y destroza los órganos que el acero inoxidable encuentra a su paso.
El cuerpo va derramando su vida por el suelo, entre estertores, hasta que queda inmóvil. No, no volverá a levantarse. No volverá a por ella. Ya no.
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Jane sube las escaleras, tranquila, pero con la mirada vacía. Sabe que ya ha terminado su sufrimiento. Entra en su habitación y recoge el teléfono. Recorre su infancia acariciando algunos juguetes y ese oso de peluche con el que dormía. «Lo siento».
Con los ojos perdidos y las manos envueltas en sangre, marca el 911 que le pondrá en contacto con quien pueda ayudarle.
—Hola. Sí, mi nombre es Jane Hewitt —dice mientras sus dedos juegan con la comba que jugaba de niña—. Acabo de asesinar a mi exmarido. El 7305 de Greenleaf Avenue. No se preocupe, estaré aquí esperándoles.
»No tengo miedo. Ya no.