Newborn Heroes: Ace of Spades

¿Has leído Watchmen? ¿O has visto la peli? Pues en Los Angeles pasó algo parecido, aunque menos bestia, y podemos decir que fue el comienzo de mi historia. Los superhéroes… estaban ahí. Había unos pocos muy famosos por la ciudad, otros menos conocidos y un montón de gente que se disfrazaba para intentar hacerse un nombre protegiendo California.

Te podría contar un montón de leyendas y rumores que hablan de personajes a los que seguro conoces y que, incluso hoy en día, se sigue diciendo que algunas noches se vestían de superhéroes. Jodie Foster, Byron Scott o Nick Carter son solo algunos de los nombres que se veían cada día en los tabloides.

La gente amaba a los superhéroes. Sabía que ayudaban a la ciudad y a los servicios municipales, y la criminalidad bajaba año tras año. Pero llegó el 11 de septiembre de 2001, y todos sabemos lo que pasó. Bueno, yo apenas tenía un año y medio, pero esas cosas perduran en la sociedad.

Desde aquel año, el número de superhéroes fue decayendo. Quizás no tanto por el miedo en la gente (que existía) ni porque la policía desconfiaba de quienes no mostraban su verdadera identidad (que ocurría). Tal vez la verdadera razón fue que todos pensaron que no era el momento de «hacer el idiota disfrazado por las calles», ni siquiera para proteger a los suyos. Quizás hoy no quedan superhéroes porque se escondían en casa esperando a que el gobierno solucionase los problemas.

Ahora que lo pienso, no se parece tanto a Watchmen. De hecho, es una historia completamente distinta. Y al final de esta historia, como decía, empezó la mía. Soy Amanda Walter Spades, aunque puedes llamarme Mandy. Mandy Spades.


Creo que mi primer acercamiento al mundo de los superhéroes, más allá de los cuentos que conocía y que escuchaba aquí y allí, fue durante mis últimos años de instituto. No es que me enfundase en un traje y saliese a combatir el crimen, pero sí que fue la primera vez que me planteé la idea de vestirme de alguna manera friki y defender a los más necesitados.

No era la niña más buena del colegio, pero sí que trataba de ayudar a mis compañeros. Durante varios cursos formé parte de una especie de «Comité de Concordia» que organizaba la escuela. A grandes rasgos, resolvíamos problemas y conflictos que iban surgiendo entre los alumnos.

Además, yo pertenecía al club de gimnasia rítmica y pensaba que eso me podría ayudar. Ya sabes, la flexibilidad, la agilidad, el uso de diferentes aparatos y cosas así. No sé, me parecía interesante. También salía a patinar de vez en cuando (cosa que sigo haciendo, no como la gimnasia), y me parecía original la idea de una superheroína en patines. Skatewoman. Rollergirl. Bueno, quizás necesitaba darle una vuelta.

El caso era que yo me ponía a dibujar, en mi habitación, cómo sería mi uniforme; y me imaginaba luchando contra unos villanos que ni siquiera existían. Un poco de la fantasía habitual de una adolescente cualquiera.

Recuerdo algunos bocetos: una máscara cubría la parte alta de mi rostro, del mismo color dorado que brillaba en los guantes y en las botas con ruedas. El resto de la vestimenta, de color rojizo, conjuntaba a la perfección con mi pelo, del mismo color, a veces suelto y otras con coleta (¿qué opción sería mejor para combatir el crimen?). Un cinturón lleno de cachivaches completaba el dibujo, para llevar algo con lo que pegarle a los malos.

Y… más o menos, eso fue todo. Nunca me peleé con nadie ni me disfracé de Rollergirl. De hecho, ni siquiera compré un traje parecido a mis diseños ni me interesé lo más mínimo por coserme uno. Ya sabes, era la fantasía habitual de una adolescente cualquiera.


Pero el año pasado empezó lo serio. Yo llegaba a la UCLA, con dieciocho años y pico, y empezaba a enfrentarme al mundo real. Un trabajo de mierda, unas asignaturas aburridas y fiestas los fines de semana. Al final me decidí por estudiar Ciencias Informáticas y, bueno, no me va demasiado mal.

Un día, a la salida de la Biblioteca de Ciencia e Ingeniería, un chaval increpaba a una chica que sería un par de años mayor que yo (como pude confirmar después). No podía creerlo, a estas alturas y en pleno campus universitario. Pues allí iba yo, autodenominada «Defensora de la Justicia», a proteger a los más necesitados.

Fue entonces cuando la chica de pelo negro le sacó el dedo corazón y volvió a colocarse sus auriculares, dándole la espalda a aquel capullo. Así fue como conocí a Mina Hitzig.

Me acerqué a ella y le pregunté si todo iba bien. Me contó que Rick Barkley se pasaba el curso molestándola y haciendo diferentes bromas sobre su apellido. Si buscas en Google Translate (Mina es de ascendencia alemana) podrás imaginarte el nivel de los chistecitos.

Sorprendida porque personas de veinte años siguiesen actuando como niños de doce, le comenté que mi segundo apellido también suscitaba algún que otro comentario, y por eso suelo utilizarlo en lugar del de mi padre. Un café y más de media hora de charla ininterrumpida fueron los cimientos de la amistad que tenemos hoy en día.

Mina cursaba el segundo año de Química, y pronto tendría que elegir una especialización que aún no tenía clara. No paraba de hablar de oxidaciones, proteínas del ADN y síntesis de moléculas. No parecía hablar con mucha gente, así que me siento afortunada por haber podido compartir aquel ratito con ella. Viendo a dónde nos ha llevado, es sorprendente. 

No fue hasta unos meses después que surgió el tema de los superhéroes, cuando vimos una noticia de un par de encapuchados que atracaron una joyería. Nada fuera de lo habitual, si no fuese porque usaron diferentes artilugios propios de los cómics y un antifaz para ocultar su identidad.

Yo, por supuesto, no le comenté nada de mis bocetos ni mis ideas, pero sí surgieron en la conversación los temas de por qué había ido disminuyendo, si eran necesarios o no, o por qué ahora volvían los enmascarados a cometer crímenes.

Ninguna de las dos había vivido la mejor época para los justicieros, allá por los 80 y parte de los 90, pero teníamos la convicción de que en algún momento volverían. Sería en busca de fama o por necesidad, pero volverían.

Así que un día se lo dije. Entre bromas y con cierta vergüenza, le comenté a Mina que yo me había inventado un personaje que luchaba contra los villanos, incluso le llegué a enseñar mis dibujos. Pero la conversación fue dejando las bromas aparte y fue tomando un cariz más serio. Que yo recuerde, fue algo así:

—Mandy, no querrás convencerme de nada, ¿no?

—No, no, ya sé que es una locura —aunque el brillo de mis ojos no decía lo mismo—. Aunque, piénsalo. Podríamos entrenar aquí, prepararnos y ver qué pasa.

—No sé, hay gente chunga ahí fuera. Esos tíos llevaban algo más que bates de béisbol.

—Ya lo sé, ya. Pero, joder, precisamente por eso, ¿no? Alguien tendrá que frenarlos, y ya no existe la Alliance for LA ni Eagle Man ni ninguno de esos.

—Creo que es la primera vez que te oigo decir «joder» —dijo Mina con media sonrisa—. Debes estar muy convencida o muy mal de la cabeza. Pero si me invitas a una hamburguesa, puedo verlo de otra manera.

Y desde entonces, quedábamos para correr, hacer pesas, ver vídeos en YouTube de cómo fabricar según qué cosas… Mina incluso preparaba alguna que otra sustancia explosiva con materiales que sacaba del departamento «para proyectos universitarios».

Solo alimentábamos nuestra propia ilusión, está claro. Jamás nos habíamos enfrentado a nadie y es posible que no estuviésemos preparadas. Pero al menos aprendíamos trucos y fórmulas que puede que ni siquiera usásemos.


Todo eran bromas y formas de perder el tiempo entre clases, un método más para estar en forma y fomentar nuestra amistad. Pero creo que algo cambió en nuestras cabezas cuando empezamos a tomárnoslo más en serio. Demasiado en serio.

Faltábamos a algunas clases para estudiar diferentes reacciones químicas; entrenábamos tres y cuatro horas seguidas algunos días, llegando exhaustas a casa; y buceábamos entre noticias para descubrir quién hacía el mal o dónde había gente que necesitase ayuda.

Estábamos obsesionadas con la idea de salvar el mundo, o al menos Los Angeles, pero desde nuestra biblioteca. Hasta que un día pasamos a la acción. Fue casi por casualidad, saliendo de la facultad después de una tarde de «estudio».

De camino al autobús, algo nos detuvo. Los gritos llegaron a nosotras antes de poder ver qué estaba pasando. En un callejón mal iluminado, un chico con camiseta de los Clippers tenía acorralados a dos niños: uno llorando en el suelo, el otro colgando por la mochila como un pez en el anzuelo.

Ese tipo de tardes llevábamos en la mochila algunos de los inventos de Mina y mis patines, listas para lo que pudiese ocurrir. Dos contra uno. No hizo falta decir nada. Nos miramos solo un segundo. Era una locura, pero también una oportunidad. Cogimos lo que teníamos a mano, nos pusimos las capuchas y nos lanzamos a por él.

No teníamos tiempo para discursitos salvadores. Yo pegué una carrera con los patines y me abalancé contra él, saltándole a la espalda. Con la confusión, Mina hizo que soltase al chaval de un puñetazo en el brazo. Les ayudó a reponerse y a que se marchasen del callejón, mientras yo trataba de tumbar a nuestro primer villano. Lo único que conseguí fue que me lanzase a un par de yardas contra unos cubos de basura.

Entonces me di cuenta de que los patines no eran la mejor idea, o al menos no unos patines normales. No me quedaba otra que pelear descalza si no quería tardar más en ayudar a Mina, que había conseguido cortarle la respiración de una patada en el estómago.

Había que ir a por él y dejarle claro que no tenía posibilidades en esta ciudad. Le ataríamos con unas bridas a la reja que había a unos pasos y llamaríamos a la policía antes de desaparecer de allí. O al menos eso imaginaba en mi cabeza, porque cuando quise darme cuenta, el tipo ya se había recuperado y golpeó a Mina contra la pared. Ella soltó un grito de dolor al rajarse en las costillas con un alambre suelto, y él se disponía a volver a golpearla contra el suelo, indefensa.

Durante un instante, pensé que Mina no respiraba. Fue solo un segundo, pero bastó para paralizarme.

Pude agarrarle del brazo para evitarle algo peor a mi compañera, pero conseguí llevarme un codazo que me abrió una brecha en la ceja. Empecé a sangrar, me tambaleé y traté de protegerme con los brazos, aunque no evitó que me tirase de un empujón y volviese a caer de espaldas a una tubería.

Estábamos a su merced, podría haber hecho con nosotras cualquier cosa. Pero escupió una mezcla de saliva, sangre y desprecio. Dijo algo antes de marcharse entre risas, pero soy incapaz de recordar nada más.

Cuando todo se acabó, nos miramos desconcertadas, todavía recobrando la compostura. No habíamos salvado a nadie. No habíamos vencido. Ni siquiera habíamos durado tres minutos. Por suerte, no teníamos heridas de (demasiada) gravedad, y la ropa todavía serviría para limpiar los domingos.

Por cierto, las capuchas se cayeron al primer golpe. Por eso los superhéroes llevan máscaras y no sudaderas.


Creo que la vuelta a casa fue aún más dura que la propia paliza. Intenté cruzar el salón como si fuera invisible, pero el crujido de la puerta fue suficiente para activar ese radar que parece que los padres desarrollan con los años.

—¿Mandy? ¿Todo bien? —dijo mi padre desde el salón.

—Sí, papá, ahora voy.

Y con esas cuatro palabras ya supo que no todo estaba bien.

Solté la mochila en mi habitación y me senté en la cama para intentar quitarme las zapatillas. Imposible. La adrenalina del momento se había esfumado y ahora me dolía cada pulgada de mi cuerpo. Era incapaz de moverme sin sentir un pinchazo en algún lugar. Me retumbaban los golpes en la cabeza y lo único que me apetecía era dormir durante una semana.

Pero claro, llegó mi padre (podéis llamarle James), que algo se intuía. No recuerdo bien la escena; solo a él levantando la voz, desvalijando la mochila y diciéndome que qué tonterías eran esas.

Cuando abrió la mochila y sacó mis patines manchados, su gesto cambió. No gritó de inmediato. Solo los sostuvo un segundo entre las manos, como si estuviera mirando una herida abierta. Luego estalló, nervioso, pero sin alzar la voz.

Me hablaba de que ese tiempo ya había pasado, que debía centrarme en mis estudios y que ya se lo contaría luego a mi madre.

Luego se sentó a mi lado, me pidió por favor que no hiciese ninguna estupidez, que no quería verme en peligro. Y, aunque solo fuese un segundo, sus ojillos negros se volvieron vidriosos y leí el miedo en ellos (si lees esto, papá, lo siento, tenía que contarlo).

Su abrazo fue torpe, como si no supiera cómo hacerlo sin hacerme más daño. Sus manos temblaban y, aunque me quejaba del dolor, me reconfortó más que cualquier calmante. Y en su voz, rota, encontré por primera vez no a mi padre, sino a alguien que también tenía miedo de perder.


Al día siguiente, cuando nos vimos por el campus, ni siquiera hablamos de lo que había pasado. Incluso pasaron varios días hasta que decidimos que no era para nosotras, que lo mejor era centrarse en los exámenes finales. De momento, tendríamos que conformarnos con sacar adelante una carrera y conseguir un trabajo normal.

Los resultados de mi primer año de universidad no fueron los que mis padres esperaban, pero al menos había aprobado todas las asignaturas. Mina, por su parte, consiguió su undergraduate y se decantó por la investigación en Química Orgánica y Bioquímica para el año siguiente. Habíamos conformado una gran relación, pero pasaríamos el verano separadas. Ella volvía con su familia, a Nebraska, hasta el inicio del curso.

Por mi parte, me quedaría en casa y seguiría dibujando en los ratos libres, mientras ganaba dinero montando webs para algunos conocidos. O eso pensaba yo. Un día, no hace mucho, mi madre me llamó a su habitación. Estábamos las dos solas en casa.

Cuando entré, tenía el armario abierto, uno de los cajones revueltos y una caja entre las manos. Me hizo un gesto para sentarme a su lado, en la cama. Me miraba y se reía, sin yo saber muy bien por qué. Por cierto, a ella podéis llamarle Sarah.

Abrió la caja y yo no era capaz de distinguir lo que había dentro, hasta que sacó el primer objeto: unos guantes. Eran largos, de algún material sintético que se adaptaba a la piel, y del mismo color anaranjado que yo dibujaba en mi infancia.

Luego fue un cinturón, con algunos compartimentos vacíos y un par de enganches, para las protecciones que cubrían el pecho y la cintura. Un antifaz fue lo siguiente, que terminaba con la sección de «Complementos del Superhéroe».

Su procedimiento era siempre el mismo: sin decir ni una palabra, cogía lo que fuese y parecía recordar mil momentos con cariño. Luego me lo pasaba, manteniendo la luz en su rostro y fijando sus ojos en los míos, esperando mi reacción. 

También sacó unas botas de la caja. Eran altas, mucho. Con la caña dura, como las espinilleras de uno de esos deportes de contacto, y la suela más gruesa de lo habitual. No sé cuántos años tendrían, pero no habían perdido su color ni su forma.

Por último, dejó la caja en el suelo y sacó de ella un traje, de una sola pieza. A diferencia del rojo que yo imaginaba de pequeña, este tenía un tono plomizo, aunque no demasiado oscuro. Sobre la zona reforzada del pecho, un as de picas, más oscuro que el resto del equipo.

—Yo era Ace of Spades, Mandy —y yo no podía creer lo que mi madre decía—. No es que fuese la heroína más importante de la época, pero de vez en cuando salía en los periódicos.

—¿Pero qué pasó, mamá?

—Lo que pasa siempre, hija. La vida —su sonrisa se apagó y sus ojos buscaban alguna explicación a su alrededor—. Tu padre y yo nos casamos y pensábamos aumentar la familia. Y no era lo más conveniente salir así a la calle.

»Pero bueno, cielo, no hablemos de mí. Papá me dijo lo que hiciste con Mina. Debes tener cuidado, por favor. No te metas en líos de los que no puedas salir —hizo una pequeña pausa que le devolvió la sonrisa—. Pero nunca dejes de luchar por lo que crees. Ahora, toma el relevo de Ace of Spades. Retoma lo que no debimos haber dejado.

—Mamá, yo…

—Tranquila, mi niña. Yo estaré aquí siempre. Y papá lo entenderá y, si no, ya le convenceré —no podía ni moverme, hasta que mi madre me dio un pequeño empujón de la cama—. ¡Vamos, pruébatelo!

Salí corriendo a mi habitación y, mirándome al espejo, ya podía verme rondando las calles así vestida. Tenemos la suerte de tener la misma talla, y casi la misma forma del cuerpo. Muchas veces compartimos camisas o intercambiamos pantalones, así que no me costó hacerme a la idea de meterme en el uniforme de Ace of Spades.

Me cambié a toda prisa. No tenía fuerzas para cerrar las botas, y mis dedos temblaban tanto que fallaban al conectar los cierres y broches del conjunto.

Pero cuando estuvo listo… Dioses, cuando estuvo listo. Era genial. Me sentía como no me había sentido jamás. Seguro que era el paso más importante que había dado en mi vida, y ni siquiera lo había dado yo. Gracias, mamá.

Lo primero que hice antes de volver con ella fue mandarle un WhatsApp a Mina, con mi foto y un «No está mal, no?». Muchos iconos de asombro y letras aleatorias precedieron a su mensaje: «PERO QUÉ DICEEEES????? ME ENCANTA!!!».

Lo último que recuerdo de aquel día fue abrazar a mi madre, buscar en Google noticias y menciones sobre Ace of Spades (¡madre mía, se te ve tan joven!) y dormir soñando con miles de cosas. Deseaba que llegase ya el inicio del curso para volver a verme con Mina y, quién sabe, retomar lo que dejamos a medias.

Y, bueno, supongo que querrás saber más sobre esta historia, ¿no? Está bien, pero… eso no depende solo de mí.

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